ESPAÑA: LA DEMOCRACIA INEXPLICADA

Este domingo un buen amigo francés me envió inocentemente una de esas caricaturas que circulan en las que un policía antidisturbios español vestido de negro y con bigote obliga a porrazos a quedarse en España a un catalán. Normalmente no hubiera dicho nada porque lo sucedido el 1 de octubre durante el referéndum unilateral de la Generalitat, a muchos españoles en el extranjero nos avergonzó. Pero me sorprendí a mi mismo respondiéndole.

“¿Dónde está más respetada la lengua catalana o el euskera?” –le pregunté- “¿En España o en Francia? ¿Donde tienen más autonomía los vascos y catalanes, en Francia o en España? ¿Quién tiene más dinero, más policía, más televisiones, más medios, más todo?”

Le recordé que en España los partidos independentistas son legales mientras respeten las normas para conseguir sus objetivos, y que a diferencia de éste pasado 1 de octubre –durante un referéndum vinculante para declarar la independencia en 24 horas- el pasado 9 de mayo del 2015 no hubo intervención policial en Cataluña para impedir un referéndum consultivo también sobre la independencia organizado por la Generalitat. Entonces le facilité un link de una noticia de periódico donde, que casualidad, se lee como las autoridades francesas disolvieron inmediatamente una asociación independentista que pretendía organizar esa consulta ese mismo día en los territorios franceses de habla catalana.

Y terminaba con un lamento. No recuerdo una sola viñeta en la prensa internacional que ironizara sobre como los independentistas aprobaron -contra la opinión de los propios servicios jurídicos del parlamento de Cataluña- una legislación para hacer un referéndum de independencia vinculante al margen no sólo de la Constitución sino de la propia legislación catalana, y sin respetar los derechos de la oposición parlamentaria. Eso si que no era democracia.

Los padres de mi mujer (flamenca) son una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Desde el principio me sentí parte de la familia. Al poco tiempo de conocerlos me regalaron un comic: La vie passionnée de Thérèse d’Avila, la divertidísima hagiografía de Claire Bretécher de la santa española. Me encantó, pero siempre me intrigaron las sonrisas picaronas y cómplices con que me entregaron el libro mis suegros. No entendía lo que pasaba hasta que en otra conversación surgió la comparación entre nuestros respectivos sistemas sanitarios. Les dije que el español era universal y gratuito, que no había que adelantar ni un euro, y que era líder mundial, por ejemplo, en transplantes de órganos. Cuando en mitad de mi explicación vi dibujarse un gesto de suave compasión, supe que para ellos estaba fuera de los límites de lo imaginable que España pueda tener una sanidad igual o mejor que la belga. España sigue siendo, vista desde el extranjero, esa colección de tópicos que tan bien aprovecha con iguales dosis de sarcasmo y genialidad Claire Bretécher en su libro sobre santa Teresa. Y el independentismo catalán.

Sólo gracias a la pervivencia de una marea invisible de prejuicios ha podido transmitirse con tanta facilidad la propaganda independentista según la cual el franquismo pervive disfrazado de una democracia imperfecta. Sin embargo en España no hay partidos de extrema derecha con representación parlamentaria como si ocurre en Francia, Alemania, Austria… e incluso en Bélgica cuyo Vlaams Belang fue condenado por racismo cuando se llamaba Vlaams Block.

Cataluña es compleja. Pero el mensaje independentista es eficaz porque es básico. Ellos son el pueblo de Cataluña, no existen los otros catalanes. Y sólo piden votar. ¿Cómo se les puede negar algo tan democrático? La conclusión es que ellos son los rebeldes de la Guerra de las galaxias frente a la España franquista: Darth Vader. Lo que está en juego es la opinión pública internacional. Y aquí España va perdiendo contra “los catalanes pacifistas que sólo quieren votar”.

La realidad no es tan simple. Para empezar Cataluña no es “una”, sino como poco dos. En cuanto al derecho de autodeterminación, sin entrar en disquisiciones teóricas, España no es ni más ni menos democrática que otros países de nuestro entorno. Los casos de Escocia y Quebec son la excepción. El Tribunal Constitucional italiano prohibió en el 2015 a la región del Véneto la posibilidad de organizar un referéndum consultivo –no ya vinculante como el del 1 de octubre en Cataluña- sobre la independencia en su territorio. En el caso de Alemania en el 2016 el Tribunal Constitucional alemán determinó que el land de Baviera no tiene derecho a celebrar un referéndum de independencia. En el caso de Bélgica, la traumática experiencia vivida en 1950 entorno al Rey Leopoldo III y la « Cuestion Real » ha llevado a que la Constitución excluya directamente los referéndums.

Seguramente cuando el Primer Ministro belga habla de “mediación” entre Madrid y Barcelona está pensando en que Bélgica ha podido salvar la convivencia gracias a que ha sabido reinventarse en seis reformas de Estado. Y es cierto. Pero en Bélgica nadie se saltó la ley, sin olvidar que en España ya se ha puesto sobre la mesa una reforma de la Constitución. Además, me pregunto que hubiera dicho Charles Michel si Madrid hubiera propuesto una mediación europea en el 2011 entre “francophones qui ne sont demandeurs de rien” y flamencos cuando estuvieron a punto de romper la misma UE en su corazón administrativo Bruselense. Eran los tiempos en los que Bélgica batía records del mundo sin gobierno.

Hace un par de semanas la Presidenta del Parlamento catalán, Carme Forcadell, vino a Bruselas a recoger de manos de su homólogo flamenco un premio por su defensa del derecho de autodeterminación. Jan Pneumans expresó a la prensa española su envidia por las manifestaciones masivas del independentismo en Cataluña y su tristeza por no ser capaz de politizar el futbol como hace el FC Barcelona. Tras entregar el premio gritó en catalán: “Hoy Cataluña. Mañana Flandes”.

La teoría dice que la N-VA se conformaría con un Estado belga Confederal. Es una independencia sin riesgos, lo más inteligente dada la dominación demográfica y económica de Flandes. Pero todo nacionalismo implica romanticismo, y para el partido de Bart de Wever ver fracasada la independencia catalana significa que le arrebaten el más maravilloso de los tesoros, su particular viaje a Itaca. Me parece a mí que es para contentar a los nacionalistas flamencos que sostienen su gobierno, que Charles Michel se ve obligado a pronunciar frases incoloras como ésta, que nadie políticamente correcto se atrevería a contradecir: “¿Quien puede validar la violencia venga de donde venga? Nadie supongo”.

En la N-VA, alguien le ha pedido a Charles Michel que le ayude a cruzar a la otra orilla, y el Primer Ministro no sabe aún quien es la rana y quien el escorpión. Aunque muchos apostarían a la misma respuesta.

Puede que Charles Michel no sea el único al que se le ponga cara de rana al final del cuento. Porque éste es un cuento europeo. Lo que afecta a uno tarde o temprano acaba afectando a todos. No solamente por el efecto dominó, sino porque está en juego el concepto de Democracia, la noción de Ciudadanía, el respeto del otro dentro de las normas aprobadas democráticamente por todos.

España ha dejado de ser un país franquista y atrasado hace mucho tiempo. La democracia española lucha estos días por existir contra su propia leyenda. Y la UE se juega tanto como España.

 

 

 

 

 

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