¿Matarán los referéndums la UE?

La pregunta es legítima. Igual que Romeo y Julieta murieron de amor, la democracia directa puede matar las democracias europeas. Los franceses y holandeses dijeron que no a la Constitución europea, los daneses no al euro… hoy los británicos dicen No a Europa. La UE no avanzará con referéndums. La UE es un artefacto ilustrado, reconozcámoslo, todo para el pueblo pero sin el pueblo. Si le preguntas al pueblo, casi siempre prefiere lo viejo conocido. Y más después de años, décadas, de líderes políticos acusando a la burocracia europea de todos los males con el objetivo de no perder las próximas elecciones. Aunque saben perfectamente que las decisiones en la UE las toman ellos. No la Comisión o el parlamento.

En El Pais preguntan a Tony Blair ¿Convocar el referéndum fue un error? Su respuesta: “Es un tema delicado porque cualquier pega que pongas te hace parecer antidemocrático. Pero la democracia parlamentaria es elegir un Gobierno para que tome decisiones”.

Los referéndums son legítimos, pero no hacerlos también lo es. ¿Pueden aprobar a la vez todas las opiniones públicas europeas, tomadas de una en una, todos los pasos adelante en la construcción de la UE? La respuesta es, seguro que no. Sin embargo, ante la incapacidad de los partidos tradicionales para enhebrar una respuesta al euroescepticismo, es probable que en el futuro veamos una lluvia de referéndums para salir del paso. Para los políticos son siempre una útil tabla de salvación cuando el barco se hunde. Un referéndum siempre permite justificar decisiones difíciles como si fueran ajenas, y garantiza un mínimo de popularidad.

Además, si salen bien, son un método perfecto para arrancar concesiones sobre temas variados. En un contexto de creciente nacionalismo y miedo a la globalización, los referéndums serán utilizados tanto los partidos tradicionales –para asegurarse el apoyo popular que están perdiendo- como los euroescépticos y la ultraderecha.

Mientras escribo estas líneas, a las 12 de una mañana en la que se ha conocido la victoria del Brexit, leo que el PrimerMinistro Checo Bohuslav Sobotka dice que la UE tiene que cambiar rápido para salvarse. Personalmente creo que también puede ser una oportunidad. Al fin y al cabo, con Gran Bretaña dentro, con tantas excepciones como había conseguido, el efecto imitación no habría sido muy diferente. Los muchos opting outs británicos en materia de derechos a los ciudadanos europeos en su suelo, su arrancada excepción a formar parte de una mayor integración europea, su exclusión de por vida del euro… sus   privilegios previos en materia presupuestaria, de justicia… convertían a Londres en una anomalía egoísta e insolidaria que pedía mucho a cambio de poco. Todo eso habría provocado igualmente una ola de imitadores que habrían jugado la carta del referéndum.

Porque votar, se puede votar todo. Sobre la pertenencia al euro, la pertenencia misma a la UE, o asuntos como el Acuerdo de Libre Comercio con EEUU. Los países del norte podrían utilizar los referéndums para preservar su bienestar respecto al sur. En el ambiente político actual, cualquier tentativa de modificar el marco jurídico del bloque favorecería una avalancha de referéndums en todo el continente.

En mi opinión la verdadera oportunidad de Europa está en que Londres ha perdido el relato. Ha optado por ser pequeña en un mundo globalizado. Ha votado insolidaridad, ha votado por el pasado, por un proyecto caduco y nostálgico poco ilusionante. No ha apostado por construir. El mundo ya no es el que era y van a tenerlo difícil.

La UE es todo lo contrario en positivo. La UE es un Nobel de la paz con mayúsculas. El relato es ahora nuestro.

Populismo

El populismo británico se llama euroescepticismo. Liderado por el Partido de la Independencia de Reino Unido (UKIP) y parte de los tories, ha obligado al Premier, David Cameron, a poner contra las cuerdas su propio futuro y el de la UE al convocar el referéndum del Brexit. Dicho esto, el partido neo-nazi Amanecer Dorado de Grecia, por ejemplo, no puede ser ubicado en el mismo cajón que UKIP. Hay populismos y populismos.

Pero tienen algo en común. Los partidos tradicionales de centro izquierda y centro derecha están en dificultades ante sus opiniones públicas, y la extrema derecha no es la única que se beneficia como demuestran los nuevos movimientos de izquierda: Podemos en España, Syriza en Grecia, o el líder laborista, Jeremy Corbyn.

A favor de los populismos de izquierda y derecha ha jugado, por supuesto, la crisis económica. Europa no ha sabido gestionar la recesión en estos interminables ocho años. El Eurobarómetro revela que el 57% de los jóvenes de entre 16 y 30 años se siente marginado en su país debido a la crisis económica. En España, el 79%.

Muchos partidos de la nueva izquierda han sabido jugar con la desilusión que la crisis ha creado con el establishment político tradicional, pero la extrema derecha se ha beneficiado además de un segundo factor: la crisis de los refugiados. La llegada de inmigrantes, el miedo al avance del islam en el continente, la seguridad y la cesión de soberanía a favor de la Unión Europea son mantras que encuentran cada vez más apoyo. El coctel del miedo perfecto. Y funciona también con el electorado tradicional de la izquierda. Hay una estadística que debería hacer pensar a cualquiera con inclinaciones de izquierda: casi nueve de cada diez trabajadores manuales austriacos se decantaron por la ultraderecha en la recientes elecciones presidenciales.

La mayor victoria de estos partidos es que los temas que entonces se vinculaban casi exclusivamente con los populistas de extrema derecha ahora son parte del debate político general. Cuestionar la inmigración, la integración, el euro, la UE y las clases dirigentes es algo socialmente aceptado.

Cada país, sin embargo, lo vive de forma diferente. En España, la ultraderecha, no acaba de encontrar su espacio. Y es verdad que el movimiento francés La Nuit Debout (La noche de pié), que se ha presentado como una réplica de los “indignados” del 15-M, no ha llegado a cobrar la misma fuerza al otro lado de los Pirineos. En parte por eso, el primer ministro francés, Manuel Valls, ha dicho descartar que en su país pueda surgir un movimiento político al estilo de Podemos porque “la crisis económica y social no es en absoluto del mismo nivel” que la vivida en España. Lo que se olvidaba de decir Valls es que las clases populares, los obreros e incluso los jóvenes en dificultades votan en Francia a la extrema derecha, no a la extrema izquierda.

Por si les interesa, les hago a continuación un retrato del populismo y la extrema derecha en el continente. Pare que estén al tanto de lo que nos espera.

 Un mapa europeo

Los principales líderes europeos de extrema derecha de Francia, Italia y Holanda han celebrado con euforia que Reino Unido haya votado a favor de salir de la Unión Europea y han reclamado el mismo trato para sus países. Geert Wilders, del Partido de la Libertad (PVV), la formación de extrema derecha y anti musulmana ha pedido un referendo para que Holanda decida si sigue en la Unión Europea. Recordamos que Wilders encabeza los sondeos electorales en su país y por tanto su amenaza es realista.

Marine Le Pen no está lejos de ganar con su Frente Nacional las presidenciales galas del año que viene. En las últimas regionales, en el 2015, obtuvo la mayoría de votos en la primera ronda logrando su apoyo más alto con 6,8 millones de sufragios. ¿Qué pasaría con el proyecto europeo si en París gobierna un partido que promete recuperar las fronteras y sacar a Francia el euro?

Matteo Salvini, de la Liga Norte Italiana, ha pedido el turno para Italia. “Ahora nos toca a nosotros”, ha escrito Salvini en su cuenta de Twitter. También el movimiento político 5 Estrellas italiano, dijo que celebraría un referéndum sobre el ingreso del país en la zona del euro si es elegido.

La derrota por los pelos de la ultraderecha en Austria puede ser un signo de lo que está por venir. Casi la mitad de la población de éste país votó a favor de un candidato de ultraderecha. Sólo 31.000 austriacos -de un electorado de 4,64 millones- impidieron al dirigente del Partido de la Libertad (FPO) Norbert Hofer, convertirse en el primer presidente de extrema derecha de un país de la Unión Europea. Los ultraderechistas austriacos quieren que su país sea gobernado a base de referéndums, como Suiza.

En otros países la ultraderecha ya está en el poder, aunque sea en coalición, incluidas las tan alabadas democracias escandinavas. La política de Dinamarca está marcada por el Partido Popular Danés, que ha logrado imponer parte de su agenda dando apoyo a un gobierno con las reglas de inmigración más severas de toda Europa.

En Finlandia, las encuestas demuestran que el Partido de los Finlandeses, es uno de los más apreciados por los electores. Nacionalistas xenófobos, forman parte de la coalición del Gobierno desde el año pasado. Su líder, Timo Soini, es el actual ministro de Exteriores.

En Grecia es de sobra conocido Amanecer Dorado, de carácter racista y xenófobo. El izquierdista Alexis Tsipras, que hizo el referéndum más demagógico que ha existido recientemente, tuvo que pactar con la formación de derechas nacionalista Griegos Independientes (Anel) para lograr gobernar el país. Otro ejemplo de como el populismo puede unir a izquierdas y derechas.

En Polonia el gobierno está en manos del Partido de la Ley y el Orden (PIS), que desafía abiertamente los principios de la UE. La Comisión abrió un expediente pero el gobierno húngaro de Víktor Orban ha dicho que se opondrá a cualquier sanción.

Precisamente, en Budapest gobierna con holgura un gobierno autoritario de derechas, que también fue expedientado por la Comisión por su reforma constitucional y de la ley de medios. Polémico por su forma de expresar opiniones sobre los extranjeros o la defensa de la cultura nacional húngara, Orban es de todas formas menos radical que el Jobbik, el Movimiento para una Hungría mejor, que puede ganar las próximas elecciones.

En Alemania las brasas neonazis están resurgiendo. Con sólo tres años de existencia el nuevo partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) gana cada día más apoyo entre el electorado democristiano y socialdemócrata y se prepara para entrar en el parlamento federal el próximo año. Según la encuesta Deutschlandtrend (Tendencia de Alemania) del canal público de televisión ARD, su intención de voto está ya en el 15 por ciento, y sigue acercándose sigilosamente a los socialdemócratas. El antieuropeísmo defendido por la AfD está calando con tanta fuerza que nadie sabe qué puede pasar en las legislativas de 2017.

En Alemania la situación no es tan grave como en Francia. Pero es significativo que la ultraderecha vuelva a surgir en un país que ha vivido décadas vacunado contra sus propios demonios gracias al trauma de la derrota tras la Segunda Guerra Mundial y a su compromiso inquebrantable con el proyecto europeo.

 Un final para ésta crónica

A finales de mayo, en la última reunión del G-7 en Japón, Martin Selmayr, el jefe de gabinete del Presidente de la Comisión Europea, tuvo una visión esperpéntica y decidió compartirla inmediatamente en un mensaje de Twitter “¿En el 2017 con Trump, Le Pen, Boris Johnson y Beppe Grillo? Escenario de horror”, escribió. De horror es posible. Pero no de ciencia ficción.

 

 

 

 

 

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