No digas que no hay Grexit

Cuando se cuenta en directo una noticia es el momento presente el que impregna de forma inmaterial nuestras crónicas. El periodismo es un arte que se practica en lo inmediato. Sino, no sería periodismo sino una conferencia, un ensayo filosófico, un libro de historia. Eso es lo que ocurrió el lunes a las 9 de la mañana. Las radios, los directos de las televisiones, las páginas web, los tuits apresurados… estaban todos bañados de un “ya no hay Grexit” que era un suspiro de alivio. No sólo periodístico, también casi físico después de tantas horas sin dormir. Pero esta noche he pasado 9 horas agarrado a la almohada de un tirón. Y al despertarme, tras algunas conversaciones, algunas extremadamente interesantes, ahora ya no digo que “no hay Grexit”.

El rescate de Grecia no estará listo antes de cuatro semanas. Y en ese tiempo hay muchas cosas que pueden ir mal. Dentro y fuera de Grecia.

Dentro, la caída de Tsipras, o nuevas elecciones con una victoria de una Syriza más radical.

Fuera de Grecia, hay incluso más problemas. El primero, el simple hecho de no encontrar el dinero con el que pagar 3.500 millones de euros al BCE el próximo día 20. Y no es fácil. En estos momentos los técnicos de las instituciones se están rompiendo la cabeza para encontrar una solución técnica, y no la encuentran. Nadie se imagina que no la encuentren… Pero aunque ustedes no lo sepan, en el momento de escribir estas líneas es un wishful thinking. Imaginen un arquitecto que entrega 10.000 folios y planos perfectamente encuadernados de un edificio calculado hasta el último milímetro… excepto en la primera piedra. Que nadie sabe cómo se pone.

Además, el acuerdo del lunes debe ser aprobado por al menos por otros siete parlamentos: el Bundestag alemán, el holandés, el austriaco, el finlandés, el eslovaco… todos halcones en las negociaciones. A los que un accidente parlamentario les daría la excusa perfecta.

He tenido la oportunidad de enterarme de algunas de las cosas que pasaron justo en ese momento en el que, en la madrugada del sábado al domingo, el tren descarrilaba. Ignoro si los dioses han usado alguna vez con nosotros su poder más envidiado, ese de apretar el botón de “Rewind” de la máquina del tiempo. Nosotros los humanos, mataríamos por menos. Aunque afortunadamente algunos de nosotros, no muchos, si disponen de otra divina habilidad algo inferior pero también muy útil, la de apretar el botón de pausa. Y según parece alguien lo hizo en esa reunión de ministros de finanzas de la zona euro del pasado sábado, cuando una mayoría de países dijo que estaban ya por el Grexit. Repito, una mayoría.

Hay momentos que nos ponen a prueba y nos definen para siempre, que sorprenden a los demás, pero sobre todo a nosotros mismos. Ese día -o mejor esa noche- quien apretó el botón de pausa fue el hombre que menos se esperaba. Wolfgang Schäuble, el ministro alemán de finanzas. Fue él quien, en el momento preciso, puso el travesaño que faltaba en la vía para que el tren no descarrilara y llegara entero hasta el domingo. No es fácil decir por qué lo hizo. Quizás fue ese “momento de magia” que decía esperar Rimantas Sadzius, el ministro de Finanzas lituano. “Los políticos podemos crear magia. Espero que haya un momento de magia hoy”, había dicho en su breve intercambio con la prensa ese fin de semana uno de los halcones de estas negociaciones.

Puede que hubiera un instante de magia, pero no duró. Diez países cedieron a cambio de poner las cosas tan difíciles, que en el fondo es como si hubieran cambiado su apuesta del Grexit por la del Grexident. Se ha evitado un Grexit formal. Pero el Grexit volverá a estar sobre la mesa tan pronto como se produzca el más pequeño accidente.

En el fondo, muy hábil, Wolfgang Schaüble, pensaba sin duda cuando apretó ese botón de pausa, que en cualquier caso los ministros de economía no debían correr el riesgo de ser corregidos al día siguiente en una cuestión de este tipo por los jefes de Estado y de Gobierno.

El mismo Varoufakis decía que Schäuble tenía más cabeza que el resto. El ministro germano reconoció hace unos días que el FMI tenía razón cuando dijo que era necesario perdonar una parte de la deuda a Grecia. Desde entonces he escuchado incluso a algunos – y a alguno de ellos ustedes, lectores, jamás lo imaginarían- decir que no ya el FMI, sino Varoufakis tenía razón cuando pedía una quita para hacer sostenible su deuda. Hoy, mientras escribo estas líneas, leo que según un estudio del Fondo Monetario Internacional confidencial –confidencial hasta hoy se entiende- que Grecia necesitará un alivio de su deuda mucho más profundo de lo que sus socios de la zona euro han estado dispuestos a considerar, debido al deterioro de la economía y los bancos del país en las últimas dos semanas.

Si ellos lo saben, ¿a dónde vamos entonces?

“No se puede vivir siempre al borde de la ruptura. Las situaciones de crisis no se pueden hacer permanentes” decía el ministro de economía Luis de Guindos en su rueda de prensa de hoy.

¿Quiere eso decir que la última oportunidad de Grecia tiene las cartas marcadas? ¿Que no creen en ella ni los mismos que se la dan?

Todo se ha encadenado mal. Ha habido errores por las dos partes. Los que piensan así, miran con pena la oportunidad perdida que supuso no haber cerrado todo esto con Antonis Samarás antes de las elecciones. Eso fue un error.

Todos hemos lamentado alguna vez nuestra incapacidad rebobinar la máquina del tiempo y poner rápidamente el travesaño que faltaba en la via para que el tren no descarrilara. Pero ese poder, ya lo hemos dicho, es divino. Y la zona euro, ésta zona euro, está muy, pero que muy “pied-à-terre”, que dicen en francés.

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